Corrupció

Esa sonrisa al final de los discursos desencadenaba gritos de entusiasmo y aplausos. Era hermoso y reconfortante verse comprendida, querida. Por eso -ahora se daba cuenta- aceptaba día tras día cercenar sus ideas, empobrecer el contenido, simplificar su lenguaje. Su discurso se volvía así seguro, mejor dicho, más seguro incluso que en otro tiempo. ¡He aquí la trampa! En los últimos meses, cuanto menos decía, más aplausos cosechaba de la multitud. Y ella, feliz, trataba de no darse cuenta. Ahora advertía que en esos años no había tenido más que éxitos personales. Como una actriz que con tal de gustar hace pasar por bueno hasta el texto más banal y reaccionario (…). Con los brazos sobre el espejo, Modesta hace desaparecer esa sonrisa feliz y llora desesperada. Nunca ha sentido tanto dolor, ni siquiera cuando decidió no ser ya rica para siempre amasando dinero, ni cuando sintió la llamada de la poesía. Con el rostro entre sus brazos trata de hacerse fuerte para no dejarse corromper por sí misma, esa sí misma que dice: “Y, además, si no lo haces tú, no tardará en hacerlo seguramente otro peor que tú”.

Sapienza, Goliarda. El arte del placer. Lumen, 2007. Traducció de José Ramón Monreal (pàg. 705).

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